"Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: "¿Qué buscáis?".
Ellos le respondieron: "Rabbí, ¿dónde vives?".
Les respondió: "Venid y lo veréis". Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día".
(Jn. 1, 38-39)

Mirar a Jesús


Cierto día, el Cardenal Weisman discutía con un inglés utilitarista sobre la existencia de Dios. A los argumentos del religioso, respondía el inglés con mucha flema: “No lo veo, no lo veo”.
Entonces, el Cardenal tuvo un rasgo ingenioso. Escribió en un papel la palabra “Dios” y colocó sobre ella una moneda. Le preguntó:
– ¿Qué ves?
– Una moneda.
– ¿Nada más?
Muy tranquilo, el Cardenal quitó la moneda, y le preguntó de nuevo:
– Y ahora, ¿qué ves?
– Veo a Dios.
– Entonces, ¿qué es lo que te impide ver a Dios?
El inglés se calló como un muerto. El dinero, a veces, nos impide ver a Dios y a Jesús.
¿Quién era Jesús? ¿Cómo era Jesús?
Para enseñar a la gente, Jesús utilizaba símbolos y parábolas. Para decirnos quién es usó símbolos. Por ejemplo: “Yo soy la puerta” (Jn 10,9), “yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12), “yo soy el buen pastor” (Jn 10,11).
Pero a las personas no las conocemos por lo que dicen, sino por lo que hacen. Jesús estaba unido al Padre y ungido por el Espíritu. El Padre lo envió a anunciar la Buena Nueva, a proclamar la liberación, a dar vista a los ciegos, a proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4,18-19).
Él vino, sobre todo, para los casos difíciles, para “salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10). Se pasó toda la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él (Hch 10,38). 
A Jesús le seguía mucha gente por distintos motivos: por curiosidad, porque les daba de comer, porque curaba, por los milagros que hacía... Las masas lo quisieron hacer rey, pero también pidieron su cabeza.
Hubo un grupo de amigos incondicionales, decían ellos, que comieron y vivieron con él; pero a pesar de su buena voluntad, lo abandonaron en el momento de la persecución. Recibieron del Maestro la misión de hacer lo mismo: ir por todo el mundo anunciando la Buena Nueva (Mt 28,20).
A unos y a otros les indicó que lo más importante era buscar a Dios, su Reino (Lc 12, 26). Les repitió muchas veces que no tuvieran miedo, que no dudaran, que creyeran de verdad (Jn 8,46). Dio ejemplo de amor, amó hasta el final y fue lo único que dejó como consigna: “Amaos como yo os he amado (Jn 13,34-35).
Es importante mirar a Jesús, pero es mucho más importante dejarse mirar por él, encontrarnos con su mirada. Al encontrarnos con su mirada, ésta nos hará contemplar nuestra vida y quitar todo aquello que no nos deja ver a Dios. 
“Mantengamos fijos los ojos en Jesús” (Hb 12,2) para tener los mismos pensamientos y sentimientos que el Maestro.
P. Eusebio Gómez Navarro, OCD.

Búsqueda y encuentro


Hay encuentros planificados y los hay fortuitos. El encuentro de san Cristóbal con Jesús fue muy especial. Un niño le pidió que lo llevara al otro lado del río. Cristóbal aceptó con mucho gusto y lo colocó sobre su hombro. Al preguntarle por qué pesaba tanto, el niño le respondió: “Es que soy el Creador del mundo. Soy Jesús, que he tomado la forma de niño para que tuvieras el gusto de llevarme sobre tus hombros”.
Jesús sale a nuestro encuentro y se “disfraza” de mil formas para enamorarnos, para que nos encontremos con él a gusto. Es entonces cuando se cumple lo que dice Jeremías: “Me buscaréis y me hallaréis, cuando me solicitéis de todo corazón” (Jr 29,13).
Toda nuestra vida es búsqueda y encuentro. A veces buscamos y no encontramos; otras, las menos, encontramos sin buscar.
La búsqueda nace del deseo, de querer algo que nos inquieta o interesa. Es el corazón el que mueve, empuja y dispone para el encuentro. Es en el corazón donde se producen todos los encuentros. Es el motor de la búsqueda y del encuentro. Quien busca de corazón, encuentra, porque pone alma y vida.
Muchas veces buscamos a tientas, sin ser conscientes de lo que queremos. Deseamos sin desear, navegamos sin saber a dónde, andamos a gatas en la noche. Y claro, no encontramos. No encontraremos hasta que no nos dejemos motivar por Dios, hasta que no caigamos en la cuenta de que Él es el que nos busca desde toda la eternidad. Cuando nos encontramos con Él, nos encontramos con nosotros mismos y con los otros. Dejamos de huir, aunque seguimos heridos y llagados por el mismo encuentro.
¿Cómo sabemos que Dios nos busca? Dios nos busca cuando sentimos inquietud interior o una soledad que no podemos nombrar. También a través del diálogo, de la visita, de la oración, emergen preguntas y respuestas que van llenando la vida de sentido, de alegría y paz, de esperanza para seguir buscando en momentos de oscuridad.
¿Cómo sabemos que estamos buscando a Dios? Hay síntomas como reflexionar sobre lo que nos mueve por dentro, que nos permite enfrentarnos a toda clase de miedos, ansiedades y preocupaciones. Buscar a otros semejantes que desean lo mismo...

La Escritura nos habla de esta búsqueda y encuentro, de personas buscadas y encontradas por Dios. Zaqueo, ansioso y curioso por conocer a Jesús, inicia esta búsqueda sin medir las consecuencias. De repente Jesús lo mira y le dice: “Zaqueo, date prisa y baja, porque hoy voy a tu casa” (Lc 19,1-10). Una mujer llevaba enferma viarios años. Buscaba el encuentro con Jesús. Un día se decidió, “vino por detrás y le tocó el manto” (Mc 5,27). Otra mujer lo buscaba sin darse cuenta. Buscaba la verdad, la alegría, la felicidad y la vida, pues nadie se las había dado. Cuando se encontró con Jesús, inmediatamente corrió a decir lo que le había ocurrido (Jn 4,1-42).

El camino de búsqueda y encuentro es un viaje lento y complejo que exige mucha fe, paciencia y perseverancia.

P. Eusebio Gómez Navarro, OCD.

Ser instrumentos de paz



Eran dos sacerdotes que prestaban sus servicios en dos parroquias cercanas. Aunque los dos habían recibido la misma misión, no se comportaban igual ante las bodas. El primero iba recogiendo los granos de arroz para echárselo en cara a los feligreses. El segundo también los almacenaba, pero para darles una paella cada año.

La misma situación, la misma realidad puede provocar en nosotros sentimientos de ira o de amor. Y ante cualquier realidad Jesús nos dice: “Dichosos los constructores de paz porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5, 5).
Todos anhelamos la paz. Los filósofos, desde la antigüedad, tenían cuatro grandes aspiraciones:
– superar la falta de paz, propia del vivir en la superficie de las cosas;
– superar la falta de paz, en medio de un mundo de continuos cambios y movimientos;
– superar la falta de paz, ampliando el horizonte, en busca de una visión de conjunto;
– superar la falta de paz, causada por las contradicciones de la vida diaria: buscar la armonía profunda.
Hay que vivir en paz con el propio cuerpo, con el lenguaje, con la propia biografía, con la edad, con la conciencia, con la vida. Puede ayudarnos a conseguir la paz, el tener en cuenta el último sermón de Buda a sus discípulos. En él se habla de ocho aprendizajes que conllevan las correspondientes revelaciones: aprender a desear, aprender a conversar sin discutir, aprender a perseverar en el camino interior, aprender a vivir en el tiempo sin obsesionarse por él, aprender a relacionarse con todo y con todos contemplativamente; aprender a saborear la soledad, aprender a no exagerar, aprender a cultivar la sabiduría lúcida y compasiva.
Dentro de nosotros se gesta la paz o la guerra, de nuestras actitudes y relaciones con los demás depende el futuro de la humanidad. La paz, como la vida, escuchamos con frecuencia, están gravemente amenazadas. El poder destructor de muchas naciones es enorme. El mundo está dividido, ricos y pobres, divisiones raciales, divisiones nacionales y culturales, las injusticias son enormes. La gravedad del momento exige una revolución de amor.
Nadie, desgraciadamente, puede devolver la paz a los que murieron en la guerra. Nadie puede reparar el dolor y curar la herida de la familia destrozada por la muerte de un ser querido. Ojalá en cada amanecer pueda seguir colgado un letrero que diga: aquí queremos paz y vivimos en paz.

La paz es fruto de la justicia y del amor. Un gesto habla más que mil palabras y así se hace en el momento de la Eucaristía. Con el gesto de la paz nos preparamos para la comunión. Antes de recibir a Jesús nos damos unos a otros la paz. El gesto de la paz ha cambiado en la historia hasta llegar a su forma actual. Los primeros cristianos se daban en la celebración el famoso beso de la paz, del que habla San Pablo (Rm 16,16).
El Misal describe así la intención del gesto de paz: los fieles “imploran la paz y la unidad para la Iglesia y para toda la familia humana, y se expresan mutuamente la caridad antes de participar de un mismo pan”. ¿De qué paz se trata? José Aldazabal nos apunta que se trata de la paz de Cristo. Es la paz de Cristo. No una paz que conquistamos nosotros con nuestro esfuerzo, sino que nos concede el Señor. No es una paz humana, se trata de la paz de Cristo: “la paz os dejo, mi paz os doy”. La paz es, sobre todo, don del Espíritu. 
Es un gesto de fraternidad cristiana y eucarística. Un gesto que nos hacemos unos a otros antes de atrevernos a acudir a la comunión: para recibir a Cristo nos debemos sentir hermanos y aceptarnos los unos a los otros. Vista así, la actitud de fraternidad en Cristo es el fruto principal de la Eucaristía. El que nos une en verdad –por encima de gustos, amistades e intereses- Cristo Jesús, que nos ha hecho el don de su Palabra y ahora el de su Cuerpo y su Sangre. La actitud de fraternidad se exige para la comunión y ésta nos lleva a compartir, pues aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, porque participamos de un mismo Pan (1Co 10, 17).
Es una paz universal: sea quien sea el que está a nuestro lado –un anciano, un niño, un amigo, un desconocido- nuestra mano tendida y nuestra sonrisa es todo un símbolo de cómo entendemos la paz de Cristo. Cristo se entrega a todos por igual. Comulgar con Cristo conlleva comulgar con los otros y terminar con toda clase de barreras y divisiones.
Es una paz en construcción, nunca del todo conseguida. Los cristianos piden la paz, al mismo tiempo que se comprometen a ella como a una tarea. El darse la paz es más que un gesto, es un compromiso de buscar y trabajar por la paz. Jesús, el Príncipe de la Paz, ha venido a traernos la paz y a hacer de cada cristiano un instrumento de paz.
P. Eusebio Gómez Navarro, OCD.


Mantener vivo el fuego del Espíritu Santo, del Amor de Dios. He ahí la misión del carmelita descalzo.

Ojos abiertos



    Yashoda es la madre de Krishna, la encarnación de Dios más popular, querida y venerada en la India. Ella lo cuidó mientras era niño, adolescente, joven, con todo el cariño de madre y de creyente. Creció Krishna y le llegó el momento de dejar su casa, su pueblo y a su madre para predicar, ayudar y redimir a su pueblo.
      Al despedirse, su madre le pidió una gracia: “Que siempre que cierre los ojos, te vea”. Krishna le contestó: “Te concedo una gracia mejor: Que siempre que abras los ojos, me veas” (Carlos G. Vallés).
       “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” (Lc 24,5).
       Es imposible ver a Dios con los ojos cerrados, si no se mira con unos ojos resucitados. Con éstos se puede descubrir al Cristo que vive en cada persona y en cada acontecimiento.
       Cristo ha resucitado, venció la tiniebla, el pecado, la muerte. No hay lugar para el miedo ni para la tristeza. La vida ha triunfado y es posible que el amor y la paz florezcan en cada hogar y en la sociedad.
       Creo que Cristo ha resucitado, que vive en mí: no sólo pasa por mí, sino que habita en cada parte de mi ser. Él hace posible que yo sea una persona nueva, llena de esperanza, testigo de la resurrección, la vida y la victoria.
      “María Magdalena dijo a los discípulos que había visto al Señor” (Jn 20,18). Quien ha experimentado la fuerza del resucitado como María, no puede guardar esta experiencia para sí; siente la necesidad de comprometerse en la hermosa tarea de luchar contra una cultura de violencia y de muerte, de injusticia y de esclavitud; siente la necesidad de contagiar nuevos ideales, llenarlo todo de vida y de amor para alentar lo que va naciendo y resucitar lo que va muriendo.
      “Sólo hay un medio para saber hasta dónde se puede llegar: ponerse en camino y avanzar” (Bergson). Sólo hay un medio para resucitar: abrir los ojos y el corazón para encontrarse con el Resucitado. Él hace que surjan personas capaces de servir, compartir, unir, pacificar...
            “Cuando el Señor resucita,
            la esperanza es una fiesta,
            se hace joven, se hace niña,
            canta y danza en hora buena.
            Cuando el Señor resucita,
            la paz es una paloma
            que vuela en cruz por los cielos,
            cubriéndonos con su sombra.
            Cuando el Señor resucita,
            se convierte el agua en vino,
            y todos quedan borrachos
            del amor y del Espíritu”.
                                        (Rafael Prieto)
P. Eusebio Gómez Navarro, OCD.

Templos de Dios



     "Recuerdo que mi madre me decía: “Mira, aquí está Dios”. Tenía temblor su voz cuando lo mencionaba.  Y yo buscaba al Dios desconocido en los altares, sobre la vidriera en que jugaba el sol a ser fuego y cristal. Y ella añadía: “No lo busques fuera. Cierra los ojos y oye su latido. Tú eres, hijo, la mejor catedral" (Martín Descalzo).
     Dios habita en nosotros siempre y en todas partes. ¿Por qué no enseñar esta verdad fundamental a todos?   Dios, Creador y Padre, está presente en cada uno de sus hijos, está atento a todos sus pensamientos, proyectos y actividades. No se extraña de nada. Nada le altera. Es lento a la ira, rico en paciencia y bondad.
     Dios nos ha creado a su imagen y semejanza (Gn 1,26). Y no nos ha abandonado; sigue cuidándonos y alimentándonos. Vela por nosotros.
     Tal bondad no depende de nuestro comportamiento. Él hace salir el sol sobre buenos y malos... Y si viste de belleza a los lirios del campo y alimenta a los pájaros del cielo, ¿qué no hará por nosotros, sus hijos (Mt 6,26-30), infinitamente superiores a las flores y animales?
     Dios está presente en cualquier ser humano. Lo sienten cercano y amigo todos aquellos que creen en Él. Por medio de su Espíritu nos ofrece sus dones: amor, paz, gozo, amabilidad, bondad, paciencia, fidelidad, equilibrio, dominio propio (Gá 5,22)... Sólo hace falta creer en Él y dejarle libertad para darnos un “corazón de hijo” rescatado del pecado por la sangre de Jesús (Gá 3,26).
     Creer en la presencia de Dios ayuda a orientar la vida, a sobrellevar los golpes duros, a vivir, como Jesús, unidos al Padre y volcados hacia el prójimo. Vivir en su presencia estimula el amor, la fuerza y el entusiasmo en cada momento.
     ¿Quién o qué cosa nos podrá separar de Dios? Ni la muerte, ni la vida, ni el presente, ni el futuro... nada nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Jesucristo (Rm 8,35-39).
            “Cristo conmigo,
             Cristo dentro de mí,
             Cristo delante de mí...
             Cristo en mi casa,
             Cristo en la calle,
             Cristo en el camino,
             Cristo en mi puesto de trabajo...
             Cristo conmigo
 y yo con Cristo
             siempre y en todas partes”.
(San Patricio)  
P. Eusebio Gómez Navarro, OCD.