"Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: "¿Qué buscáis?".
Ellos le respondieron: "Rabbí, ¿dónde vives?".
Les respondió: "Venid y lo veréis". Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día".
(Jn. 1, 38-39)

Llenarse de Dios


Un sabio japonés, conocido por la sabiduría de sus doctrinas, recibió la visita de un profesor universitario que había ido a verlo para preguntarle sobre su pensamiento.
El sabio le sirvió el té: llenó la taza de su huésped y después continuó echando con expresión serena y sonriente.
El profesor veía desbordarse el té con estupefacción, y no lograba explicarse la distracción del sabio. No pudiendo contenerse más, le dijo:
– Está llena. No cabe más.
– Como esta taza, dijo el sabio imperturbable, tú estás lleno de tu cultura, opiniones y conjeturas eruditas y complejas. ¿Cómo puedo hablarte de mi doctrina, que sólo es comprensible a los ánimos sencillos y abiertos, si antes no vacías la taza?
La doctrina sólo es comprensible a los que se vacían, a los abiertos de corazón. Solamente los sencillos, los vacíos de todo y abiertos al Todo pueden comprender a Dios y aceptarlo como su tesoro. Para que Dios pueda penetrar en la mente y en el corazón del ser humano, se necesitan estas tres actitudes fundamentales:
● Humildad: una actitud indispensable. “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (St 4,6).
● Escucha: La persona que abre su ser al Señor, lo reconoce como único dueño y dador de vida, fuente de todo bien, santo y perfecto. Es el Dios que obra conforme a su benevolencia (Flp 2,13). Sólo los humildes pueden llegar hasta Él en actitud de escucha. “El que tenga oídos, que oiga” (Mt 13,9). Dios nos habla de mil modos y maneras, pero nos habla definitivamente por Cristo. “Éste es mi Hijo predilecto, en el cual me complazco. Escuchadlo” (Mt 17,5). Escuchar es estar alerta, atentos y despiertos.
● Dejar actuar a Dios: Cada cristiano debe dejar que Dios se manifieste libremente, que Él sea lo que es: Luz, Fuerza, Salvación... Dios toma la iniciativa en la historia de la salvación y es el que la realiza. Él es el principal agente. Dios se entrega del todo y quisiera que el ser humano dejase paso a su obra, que colaborara con Él. El papel de la criatura es dejar paso al Creador.
La Virgen María representa el modelo perfecto de la persona abierta siempre a Dios, dispuesta a que Él haga su voluntad. Ella es la oyente de la Palabra. Está siempre pronta a la escucha y atenta al mensaje que se le da. “Hágase en mí según su palabra” (Lc 1,38), es su respuesta. Y la Palabra se hizo carne en sus entrañas. María acogió a Dios y le dejó actuar, que fuera Él mismo.
También Cristo está a la puerta de cada corazón humano y llama (Ap 3,20) para actuar como Salvador.
P. Eusebio Gómez Navarro, OCD.

Domingo IV de Cuaresma

     Este domingo la Liturgia nos ofrece un Evangelio precioso, el del "hijo pródigo", o mejor sería denominarle: "el del padre misericordioso".
     He aquí una versión moderna que nos puede ayudar a adentrarnos en este Misterio de Amor.


¡Dios existe y eso basta!


     Dostoievsky, en una de sus novelas, describe una escena que tiene todos los visos de haber sido observada en la realidad. Una mujer de pueblo tiene en brazos a su hijo de pocas semanas que le sonríe por primera vez. Profundamente conmovida, se hace la señal de la cruz. Y a quien le pregunta por qué hace eso, le contesta: “Porque lo mismo que una madre se siente feliz cuando ve la primera sonrisa de su hijo, así se alegra Dios cada vez que un pecador cae de rodillas y ora desde el corazón”.
     Dios se alegra, como Padre bueno, con la presencia de sus hijos, sobre todo cuando vuelve uno que estaba lejos. Él sale en busca de “los hijos que andaban dispersos” (Jn 11,52). Dios tiene esperanza en sus hijos, confía en ellos y quiere que nosotros confiemos en Él.
     Nos ha dado su amor y su reino. Quiere que lo busquemos primero a Él, y todo lo demás se nos dará por añadidura (Lc 12,31). Cuando Jesús dice: “No estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir” (Mt 6,25), lo que quiere decir es: “No deis más importancia a la comida o al vestido que al Reino de Dios”. “La vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido”. No hay que temer, ni angustiarse por el mañana. Dios cuida de nosotros. No hay razón para angustiarse. “Confiadle todas vuestras preocupaciones pues Él cuida de vosotros” (1P 5,7)
     Kierkegaard reflexiona en torno a si el ser humano se conforma con ser persona o quiere ser Dios: “Conformarse con la propia condición humana, con su limitación, es fundamental. Pero si el hombre se olvida de Dios y pretende alimentarse él solo, entonces se convierte en víctima de las preocupaciones materiales”.
     Al regreso de un viaje a Oriente, Francisco de Asís encontró la situación de su Orden muy mal. Se sintió fracasado y como alguien que había puesto en peligro la obra de Dios. Así estaba su alma cuando se retiró a las montañas de Verna. Allí se le apareció el Señor y le dijo: “¿Por qué te turbas, hombrecillo? ¿Acaso te he puesto como pastor de mi Orden de tal modo que te olvides de que yo sigo siendo el responsable principal? Por tanto, no te turbes, sino preocúpate por tu salvación, porque aunque la Orden quedase reducida únicamente a tres Hermanos, mi ayuda siempre seguirá siendo firme”.
Francisco sale de la prueba purificado y fortalecido. Desde entonces empieza a repetir la frase que sería su pan por mucho tiempo: “Francisco, Dios existe, y eso basta”. La paz y la alegría habían vuelto a su alma.
P. Eusebio Gómez Navarro, OCD. 

El Dios de Anna


– ¿Tú crees en Dios?
– Sí.
– ¿Y sabes quién es Dios?
– Sí.
– Bueno, ¿quién es Dios?
– ¡Es Dios!
– ¿Vas a la iglesia?
– No.
– ¿Por qué no?
– ¡Porque ya sé todo lo que hay que saber!
– ¿Qué es lo que sabes?
– Sé amar al Señor Dios y a la gente, a los gatos y a los perros, a las arañas, a las flores y a los árboles... –la enumeración seguía y seguía– con todo mi corazón.
            Así respondía Anna al párroco del barrio cuando le preguntaba por Dios.
            Anna era una chica especial. A los seis años era teóloga, matemática, filósofa, poeta y jardinera. Los ojos de Anna eran grandes y profundos como abismos de interrogantes. Quien le hacía una pregunta siempre obtenía la respuesta adecuada.
            Anna no llegó a cumplir los ocho años; murió en un accidente. Pero murió con una sonrisa en su hermoso rostro, como diciendo: “Apuesto a que el Señor Dios me deja entrar en el cielo”.
            Anna sin duda que llegó al cielo, pues nadie mejor que Anna conocía y amaba a Dios. Dios vivía en ella. Esta pequeña estaba encantada con Él. Sufría, precisamente, porque los demás no podían ver la belleza de Dios, un Dios pequeño, hecho al alcance de cada uno. El Dios de Anna no tenía un solo punto de vista, sino una infinidad desde donde poder verlo. La religión consistirá en ser como Dios, a quien cada uno deberá responder a todas las preguntas que le haga. Muchos comportamientos no tenían nada ver con el Dios de Anna.
                   A Anna no le gustaba ir a las clases que daban sobre Dios, porque no enseñaban cómo es Él. No enseñaban a descubrir nuevas cosas, a agrandar a Dios. Lo único que hacían, decía, es empequeñecer a la gente.
            Muchos usan a Dios para sus fracasos. Dicen: “Él debería haber hecho esto” o “¿por qué Dios me hace algo así?”.
         La vida de Anna era para ella y para el Señor Dios. Recordaba en una sola declaración muchos siglos de enseñanza: “Y Dios dijo: ámame, ámalos, ámalo, y no te olvides de amarte a ti mismo también”.
            Así sigue hablando, más o menos, el libro “Señor Dios, soy Anna”.
Si el Dios del que habla y vive Anna estuviera en nuestras vidas, nuestro mundo sería distinto. Descubriríamos un mundo fascinante en el que dos más tres no siempre son cinco, en el que el dos no es más que un cinco visto al revés, en el que un espejo muestra la parte de afuera de las cosas, lo que a menudo nada tiene que ver con lo que hay dentro de cada persona. Conociendo al Señor de Anna, nos daríamos cuenta de que lo único verdaderamente importante es aprender a amar y vivir de esa lección aprendida. 
P. Eusebio Gómez Navarro, OCD.

Dios está dentro



Un niño preguntó a un escultor: “Señor, ¿cómo sabía que había un león en el mármol?”. El escultor contestó: “Porque, antes de ver el león en el mármol, lo había visto en mi corazón”.
Hay una unión grande entre el corazón y los ojos. Vemos lo que hay dentro. Tiene que haber perfecta unidad, oración contemplativa, para poder ver a Dios, para llegar a ser uno con Él.
         Jesús dice que todo lo que hace el Padre lo hace también el Hijo (Jn 5,19). No hay separación entre ellos: “Somos uno” (Jn 17,22); no hay división del trabajo: “El Padre ama al Hijo y ha puesto en sus manos todas las cosas” (Jn 3,35); no hay competencia: “Os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre” (Jn 15,15); no hay envidia: “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta; hace únicamente lo que ve hacer al Padre” (Jn 5,19).
Hay una perfecta unidad entre el Padre y el Hijo. Esta unidad está en el núcleo del mensaje de Jesús: “Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí” (Jn 14,11).
Dios quiere que formemos una unidad con Él. Desde la eternidad estamos escondidos “al amparo de la mano de Dios” y “tatuados en su palma” (Is 49,2.16). Dios nos ama antes que ninguna otra persona. Nos ama con un amor “primero” (1 Jn 4,19), un amor ilimitado e incondicional. Quiere que seamos sus hijos amados y nos dice que seamos tan cariñosos como Él.
Para descubrir al Dios que está dentro de nosotros, debemos orar constantemente. Pablo escribe a los cristianos de Tesalónica: “Orad constantemente. En todo dad gracias a Dios pues esto es lo que Él espera de vosotros” (1 Ts 5,17-18). Pablo no sólo demanda una oración incesante, sino que la practica: “Constantemente damos gracias a Dios por vosotros” (1 Ts 2,13; 2 Ts 1,3.11; Rm 1,9).
Uno de los ejemplos más conocidos del deseo de oración incesante es el del peregrino ruso. Un día encontró un hombre santo que le enseñó la oración de Jesús. Le dijo que repitiera mil veces cada día: “Señor Jesús, ten piedad de mí”. De esta forma, la oración de Jesús, poco a poco, se unió a su respiración y al latido de su corazón.
Orar acentúa el encuentro con Dios. Y al percatarnos de que Dios vive en nosotros, podremos verlo en todo lo demás. 
P. Eusebio Gómez Navarro, OCD.

Dios es un "niño grande"



           Una madre, para dar ánimo a su hijo, lo llevó a un concierto de Paderewski. El hijo entró en el escenario y empezó a tocar el piano. Cuando las cortinas se abrieron, el niño estaba interpretando las notas de “Mambrú se fue a la guerra”. En aquel momento, el maestro hizo su entrada, fue al piano y susurró al oído del niño: “No pares, continúa tocando”. Entonces Paderewski extendió su mano izquierda y empezó a llenar la parte del bajo. Luego, puso su mano derecha alrededor del niño y agregó un bello arreglo de la melodía. Fue una experiencia creativa. El público estaba entusiasmado.
           Dios es el gran maestro que nos enseña y nos dirige con sus manos divinas. Con su presencia inunda de vida toda nuestra existencia. “El Señor exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, danza por ti con gritos de júbilo como en los días de fiesta” (So 3,17-18).
           Dios es alegre y joven. La Escritura nos habla así de Dios: crea la vida “entre el clamor de las estrellas del alba” (Jb 38,7), la hizo con sabiduría (Pr 8,30). Dios disfruta y no sólo en su intimidad; salta de satisfacción al ver a los suyos, a su amado pueblo: “Me regocijaré en mi pueblo” (Is 65,18).
           A nosotros, los adultos, nos cuesta mucho sonreír. Las preocupaciones nos arrancan el gozo de poder disfrutar. Necesitamos hacernos como niños para entrar en el reino de los cielos (Mt 18,3), para gozar cada momento presente, para deleitarnos con todo lo bello de la vida, como si lo contempláramos por primera vez.
El adulto ha perdido la capacidad de maravillarse, de asombrase por los grandes y pequeños acontecimientos. El adulto ha aprendido a pensar y actuar de una forma autómata y rígida. Y ha aprendido también a preocuparse de los negocios, de lo que los demás pensarán y dirán de él. Se reciben aplausos si se actúa de acuerdo a las expectativas de los otros.
           El adulto funciona a base de normas. Se hace serio y competitivo. Ha cifrado su importancia en el trabajo duro, en la ocupación, en tener cosas... Éstas son sus metas, aunque para ello tenga que dejar de sonreír, vivir amargado y, a veces, hasta enfermar.
Según el pasaje evangélico de Mc 10,13-16, los discípulos actúan como “el adulto” y no permiten que los niños, la alegría personificada, se acerquen a Jesús. Sin embargo, él, que era libre, acogía a los niños y destacaba su forma de actuar.
El adulto que redescubre el niño interior aprende “lo que ha de tomarse en serio para reírse de lo demás” (Herman Hesse). Esto crea una armonía profunda de espíritu y de unidad con el Creador.
Descubrir el niño interior que llevamos dentro nos puede ayudar mucho a despertar a la vida, a contemplar con sorpresa las maravillas que nos topamos cada día, a valorar más el ser que el hacer. Necesitarnos volver a la niñez para darnos mayor cuenta de todo, para vivir sin prisas, para invertir tiempo en el descanso y el juego. Quizá debamos orar con las manos juntas y los ojos cerrados como los niños, pidiendo al Amigo que nos enseñe a disfrutar con lo que tenemos; que nos haga más plenamente conscientes de lo que vemos, tocamos, gustamos y olemos; que nos dé ojos para descubrir los grandes tesoros diarios y vivir en alegría y gratitud; que nos dé el coraje de ser nosotros mismos para no dejarnos llevar por una vida de normas ni por el qué dirán; que nos devuelva el alma de niño para disfrutar de todo y con todo.
Acercarnos a los niños nos puede ayudar a ser como ellos: tener sus ojos, pensar como ellos, sonreír y disfrutar la vida como ellos.
P. Eusebio Gómez Navarro, OCD.

Dios está presente



Un día, el Rabí Mendel de Kotzk, recibiendo a algunos sabios personajes, sorprendió a sus visitantes preguntando de repente: “¿Dónde habita Dios?”. Se burlaron de él: “¿Qué te pasa? ¿No está lleno el mundo de su magnificencia?”. El Rabí respondió: “Dios está donde le dejan entrar”.
                              
            Dios está en nuestro mundo, en medio de nosotros, en el interior de cada uno; pero hay que reconocerlo y permitirle que esté vivo. “Es aquí, en el sitio donde nos encontramos, donde se trata de hacer brillar la luz de la vida divina escondida” (M. Buber). Pablo invita a vivir como “hijos de la luz” (Ef 5,8-9). Y donde la luz tiene sus efectos todo es bondad, santidad y verdad.

            Es vital reconocer que Dios está presente, que su amor lo penetra y lo envuelve todo. San Juan de la Cruz pone en boca de Cristo esta sentencia: “¡Desdichado de aquel que de mi amor ha hecho ausencia y no quiere gozar de mi presencia!”. En efecto, no hay mayor desdicha que ausentarse de Dios y huir de su presencia. No hay mayor gozo que creer en Él y disfrutar de su divina presencia.

Tener conciencia de Dios, creer que nos ama y nos llama, cambia completamente la vida de las personas. Así le pasó a P. Claudel. En la Navidad de 1886, “no teniendo nada que hacer”, asiste a las Vísperas cantadas en Notre Dame de París, esperando que las ceremonias religiosas le han de brindar inspiración poética. De improviso le sobrecoge la conciencia de Dios como una gran realidad personal, como “Alguien”, y desde ese momento toda su mentalidad y su vida cambian por completo.

Dios está presente, nos llama por nuestro nombre, nos ama. Sus ojos amorosos lo ven todo y están fijos siempre en sus criaturas. Nos ve donde quiera que estemos. No se puede huir de su presencia. Él está dondequiera que vayamos. “Te ve dondequiera que estés. Te llama por tu nombre. Te mira. Te comprende. Conoce todos tus sentimientos y pensamientos íntimos, tu debilidad, tu fortaleza. Te ve en tus días de gozo y en tus días de pesar. Observa tu semblante. Oye tu voz. Percibe los latidos de tu corazón; tu misma respiración no se le escapa. Tú no puedes amarte más de lo que Él te ama” (Newman).

Creer que es un Padre amoroso, que está presente en todos los momentos de la vida y pendiente de cada uno de los seres humanos, ayuda a caminar. Creer en su bondad, en su providencia, es de gran luz para cuando la noche se acerca y se oscurece la fe.

            Todo va bien cuando creemos y caminamos en la presencia de Dios. Todo cambia cuando le dejamos entrar, cuando Él pasa a ser parte de nuestra vida y le dejamos actuar. Todo es posible para aquél que cuenta con Dios.
P. Eusebio Gómez Navarro, OCD.